Motos en Puentes Peatonales: Una Falta de Control que Pone en Riesgo a Todos.

En Bogotá, cada día se hace más evidente una problemática que, aunque parece increíble, es absolutamente real: motociclistas circulando por puentes peatonales como si fueran vías de uso común. Esta peligrosa costumbre ha dejado de ser una excepción para convertirse en una práctica reiterada, especialmente en sectores con alta congestión vehicular, falta de presencia institucional y pocas opciones de movilidad rápida. La pregunta que se hacen miles de ciudadanos es la misma: ¿hasta cuándo seguirá esta conducta sin consecuencias?

El peatón, en desventaja total: Los puentes peatonales fueron diseñados como espacios seguros para cruzar vías de alto tráfico, especialmente en zonas donde los accidentes entre vehículos y transeúntes han sido frecuentes. Sin embargo, su función se ve cada vez más vulnerada por quienes, en motocicleta, deciden tomarlos como atajo. Para el peatón, caminar por estos puentes se ha vuelto una carrera de obstáculos que incluye esquivar motos, lidiar con bocinazos, y sentir cómo se pierde el sentido básico de seguridad al que todo ciudadano tiene derecho. Lo más preocupante es la naturalidad con la que muchos motociclistas ejecutan esta conducta. Sin temor, sin prisa y sin sanción visible, suben rampas, cruzan los puentes y bajan del otro lado como si estuvieran circulando por cualquier calle. La sensación generalizada es de impotencia: los ciudadanos se preguntan si realmente hay autoridad que regule estas acciones o si, como tantas otras normas de tránsito, esta también quedó en letra muerta.

Una conducta peligrosa y reiterativa: El uso indebido de los puentes peatonales no solo es una falta de respeto a la norma, es una amenaza directa a la seguridad de cientos de personas. Ancianos, niños, madres con coches, personas con discapacidad y cualquier transeúnte corren riesgo de sufrir accidentes por la imprudencia de quienes, por ahorrarse unos minutos, están dispuestos a poner en juego vidas ajenas. A lo anterior se suma el deterioro físico de las estructuras, ya que los puentes no están diseñados para soportar el peso ni la vibración constante de vehículos motorizados. Esta práctica acelera el desgaste de las superficies, barandas y rampas, generando un problema adicional de mantenimiento que termina siendo pagado por todos los contribuyentes.

¿Dónde están los controles? La ausencia de controles eficaces es parte del problema. En muchos sectores donde esta práctica se ha vuelto frecuente, no hay presencia permanente de tránsito, ni cámaras que registren la infracción, ni campañas visibles de sanción o prevención. Esto ha permitido que la conducta se normalice y se reproduzca, al punto que ya ni siquiera sorprende ver una moto cruzando por un puente que debería ser exclusivamente peatonal. Cuando hay operativos, estos suelen ser esporádicos y reactivos, con poco impacto a largo plazo. Y si bien las normas de tránsito contemplan sanciones para este tipo de infracciones, en la práctica son muy pocos los casos en los que se aplica una multa efectiva. El resultado: una ciudad donde las reglas parecen opcionales, y donde la cultura del “hago lo que quiero porque no pasa nada” gana terreno.

¿Y ahora qué? La ciudadanía exige respuestas. No basta con campañas pedagógicas, ni con frases llamativas en redes sociales. Se requiere presencia efectiva de autoridades, tecnología para identificar infractores, y sanciones ejemplares que envíen un mensaje claro: los puentes peatonales son sagrados y deben respetarse. Es hora de que el control sea constante y no una excepción, y de que se articule una política pública que combine sanción, prevención y cultura ciudadana. También es clave el rol de la comunidad. Documentar los casos, denunciar, no quedarse en silencio. La presión ciudadana puede ser un motor de cambio si se acompaña de acciones institucionales coherentes. No se trata de una persecución a los motociclistas —muchos de los cuales sí cumplen las normas—, sino de garantizar espacios seguros y respetuosos para todos.

El respeto es la base de la convivencia: Caminar por Bogotá no debería requerir un casco ni reflejos de atleta. Los puentes peatonales deben ser respetados como espacios seguros para el tránsito de quienes, en medio del caos urbano, aún se mueven a pie. Permitir que las motos los invadan sin consecuencias es una muestra de debilidad institucional, pero también una renuncia a la idea de ciudad justa y ordenada. Hoy más que nunca, Bogotá necesita autoridad, coherencia y compromiso ciudadano. Porque si se siguen tolerando estas conductas, lo que está en juego no es solo la movilidad, sino la seguridad y la dignidad de quienes caminan por la ciudad con la esperanza de llegar sanos y salvos a su destino.

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