William Olaya Sarmiento

Defensor de DDHH, líder social, veedor Local.

Docente, padre, y hombre con miedo, pero también con esperanza

Le escribo con el corazón en la mano. No puedo imaginar el dolor tan profundo que usted y las demás familias han vivido a raíz del aberrante abuso del que fueron víctimas sus hijos e hijas. Siento una mezcla de rabia, impotencia y tristeza cada vez que escucho su voz al exigir justicia, porque ningún niño, ninguna niña, ninguna madre, debería atravesar un horror así. Desde donde estoy, quiero decirle que la respaldo incondicionalmente. Que su causa es digna, justa y necesaria. Y que su valentía es una luz para muchos.

Pero también le escribo desde un rincón que hoy está siendo oscurecido por el miedo. Soy hombre. Soy docente. Y trabajo en un jardín infantil. Llevo años entregando lo mejor de mí a cada niño y niña, formándolos con respeto, con paciencia, con amor. Y hoy, después de este horror, siento cómo crece el temor de ser mirado con sospecha, señalado, rechazado… solo por ser un hombre. Me duele decirlo, pero lo estoy viviendo: el miedo de perder mi empleo, de que las puertas se cierren, de que la estigmatización acabe con la posibilidad de seguir haciendo lo que amo, de llevar sustento a mi hogar.

Tengo una hija. Y mi mayor temor no es solo quedarme sin trabajo… es no poder pagar el arriendo, no poder llevar un plato de comida a la mesa, no poder cubrir los servicios. Es mirar a mi hija y no saber cómo decirle que quizás debe despedirse de su universidad, que quizás tenga que renunciar a sus estudios, que quizás su proyecto de vida tenga que detenerse, por algo que yo no hice, por un monstruo que destrozó muchas vidas y que ahora arrastra la dignidad de quienes no tenemos nada que ver con ese crimen, pero que compartimos su género y su oficio.

Por eso, con todo el dolor y el respeto que me habitan, le suplico que su voz, tan potente y tan necesaria, también nos permita a algunos hombres seguir existiendo dignamente. Que su lucha por la justicia no olvide que muchos también lloramos, también nos rompimos al conocer los hechos, también sentimos asco, desprecio y deseo de justicia frente al abusador. Que no todos somos Freddy. Que muchos, desde el aula, hemos construido vidas enteras con honestidad y entrega.

Gracias, Margiie, por leer estas palabras. Gracias por no rendirse. Gracias por luchar. Ojalá algún día podamos todos, todas, mirar atrás y decir que de este dolor nació una sociedad más justa, más consciente y más capaz de diferenciar el daño de quienes lo causan, sin destruir a los que también caminamos con rectitud.

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