COLUMNA DE CRISTINA PLAZAS: No son héroes, son criminales.

Colombia ha sido generosa al permitir que estos criminales se reincorporen a la vida civil sin haber pagado un solo día de cárcel. Pero lo mínimo que el país exige es respeto y arrepentimiento. Sin eso, no hay paz.

Durante mucho tiempo se hablará del grotesco consejo de ministros que televisó el gobierno de Gustavo Petro. Si algo ha demostrado el presidente es que es un genio de las comunicaciones, capaz de imponer la agenda del país con facilidad. Así lo hizo esta vez: llevamos una semana hablando del espectáculo que montó su gabinete, mientras los problemas reales que aquejan a los colombianos —el colapso del sistema de salud, el desabastecimiento de medicamentos, las muertes derivadas de esta crisis, la guerra perdida en el Catatumbo y otras regiones, o el aumento del 35 % en el precio del gas— quedan en segundo plano.

 

Sin embargo, lo ocurrido en esa reunión ministerial fue tan grave que, aunque he insistido en que no caigamos en las cortinas de humo de Petro, es imposible ignorarlo. Lo que se vio allí no fue solo una puesta en escena bochornosa, sino una clara estrategia para reescribir la historia del país, donde los victimarios aparecen como héroes y no como lo que son: criminales.

El primer hecho inaudito fue el enaltecimiento de Jaime Bateman Cayón, fundador del M-19. Augusto Rodríguez, director de la Unidad Nacional de Protección (UNP), lo describió con una exaltación: “el hombre caribe, el hombre limpio, el hombre valiente que nos enseñó a luchar con alegría, que la revolución es una rumba, que la revolución es el sancocho nacional”. ¿De qué valentía habla? ¿La de asesinar, secuestrar y robar? ¿La de masacrar inocentes en nombre de una supuesta revolución? Porque eso fue lo que hizo Bateman: primero en las FARC, donde fue secretario de Manuel Marulanda Vélez (Tirofijo), de Jacobo Arenas y Ciro Trujillo. Luego, al ver que el ritmo de las FARC era demasiado lento para sus intereses, fundó el M-19, un grupo terrorista que secuestró, torturó, traficó armas, asesinó y tomó por la fuerza la embajada de República Dominicana, dejando un legado de terror y violencia. Eso no es heroísmo. Es criminalidad.

Colombia ha sido generosa al permitir que estos criminales se reincorporen a la vida civil sin haber pagado un solo día de cárcel. Pero lo mínimo que el país exige es respeto y arrepentimiento. Sin eso, no hay paz. Y Petro, cada vez que romantiza su pasado guerrillero, reabre heridas que ya estaban cicatrizando, incluso en las víctimas.

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