Bogotá D.C. — A escasos días de que los colombianos acudan a las urnas para elegir al próximo jefe de Estado en primera vuelta, la sensación predominante en la plaza pública —y especialmente en el complejo ecosistema de las redes sociales— no es de esperanza ni de debate programático. Por el contrario, se hace evidente un fenómeno preocupante: la política nacional parece haber perdido el norte, desviándose de las urgencias de la nación para sumergirse en una espiral de descalificaciones.

Letanías de odio en lugar de proyectos Lo que debería ser el cierre de una fiesta democrática, donde los candidatos y candidatas exponen cómo planean mejorar la educación, la seguridad o la economía, se ha transformado en un terreno donde la propuesta ha quedado relegada a un segundo plano. En su lugar, el discurso dominante se ha convertido en una letanía de venganza y señalamientos, donde el adversario es tratado como un enemigo a exterminar y no como un contendiente con una visión distinta de país.

Este estilo de comunicación no solo empobrece la democracia, sino que profundiza las grietas que dividen a la sociedad. Mientras los ciudadanos enfrentan problemas estructurales —desde el costo de vida hasta la crisis de seguridad en las regiones—, las candidaturas parecen estar más preocupadas por la victoria del relato agresivo que por la construcción de soluciones reales.

¿Es posible la reconciliación? Ante este panorama, la pregunta que resuena entre la ciudadanía es inevitable: ¿hasta dónde están realmente las y los aspirantes a la Casa de Nariño en condiciones de reconciliar un país que ellos mismos se han encargado de fracturar con su retórica?

La reconciliación exige una altura política que, al menos en la recta final de esta campaña, parece brillar por su ausencia. Difícilmente se puede invitar a la unidad nacional cuando el discurso de campaña se basa en el resentimiento o en el miedo al otro. La capacidad de un líder no debería medirse por su destreza para el ataque, sino por su habilidad para entender la complejidad de una nación que clama por acuerdos y no por trinchera ideológicas.

El llamado al votante La responsabilidad de recuperar el norte del debate no recae únicamente en la clase política, sino también en un electorado que debe decidir si premia el insulto o si, finalmente, exige propuestas serias. A pocos días del 31 de mayo, la verdadera prueba de fuego para quienes aspiran a gobernar Colombia no será cuántos seguidores logran movilizar con sus ataques, sino cuánta capacidad demostraron para mirar al otro como un ciudadano con quien construir un proyecto común.

El país merece un debate a la altura de sus retos. La historia juzgará a quienes, teniendo la oportunidad de proponer un camino de unión, decidieron, en cambio, profundizar el odio como estrategia para llegar al poder.

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