Boyacá — Lo que la naturaleza tardó milenios en esculpir como uno de los reservorios de agua dulce más importantes y bellos de Colombia, el Lago de Tota, está siendo devorado en cuestión de años por el egoísmo y la falta de cultura ciudadana. Mientras un puñado de valientes ambientalistas libra una batalla casi solitaria por preservar este ecosistema, la mayoría de quienes lo visitan parecen empeñados en acelerar su desaparición.
El turismo del desprecio Es indignante presenciar el panorama que dejan a su paso los turistas y visitantes durante los fines de semana. Lo que debería ser un espacio de contemplación y respeto se transforma, en cuestión de horas, en un paisaje desolador de basura, residuos plásticos y maltrato ambiental. Esta conducta no es un descuido fortuito; es el reflejo de una sociedad que carece de sentido de pertenencia, donde el disfrute personal se impone por encima de la supervivencia de un ecosistema complejo y vital.
El turista promedio llega al Tota con una visión extractivista: consume la belleza del paisaje, ensucia el entorno y se retira sin el menor remordimiento. Olvidan, o deciden ignorar, que el lago no es un simple escenario para fotografías en redes sociales, sino un pulmón hídrico que sostiene la vida de toda una región.
La lucha desigual por la supervivencia Mientras la indolencia crece a pasos de gigante, unos pocos ambientalistas locales se dan la pelea por cuidar el lago. Organizan jornadas de limpieza, denuncian el vertimiento de químicos y la pesca indiscriminada, y alzan su voz ante las autoridades. Sin embargo, su labor parece una gota en el océano frente a la marea de inconsciencia colectiva. ¿De qué sirven los esfuerzos de preservación si el ciudadano común no entiende que el Tota nos pertenece a todos y, por ende, es responsabilidad de todos?
El costo de la negligencia La desaparición del Lago de Tota no será un evento súbito, sino un proceso lento y doloroso provocado por la suma de pequeñas negligencias: el envoltorio de dulce lanzado a la orilla, la falta de gestión de residuos y la visión cortoplacista de quienes creen que los recursos naturales son infinitos. La falta de autoridad y la ausencia de sanciones ejemplares solo sirven para alimentar este ciclo destructivo.
El llamado es urgente y necesario: la cultura ciudadana no debe ser un concepto abstracto que se enseña en las escuelas, debe ser una práctica diaria. Si no somos capaces de respetar nuestra propia riqueza natural, ¿qué le estamos dejando a las futuras generaciones? El Lago de Tota no necesita más discursos, necesita un cambio radical de comportamiento. De lo contrario, pronto solo nos quedará el recuerdo de lo que alguna vez fue un espejo de agua cristalina y no el triste basurero en el que estamos permitiendo que se convierta.

