En la localidad séptima de Bogotá, Bosa, se encendieron recientemente las alarmas no solo por conflictos entre vecinos, sino por la forma en que se están enfrentando. Lo que debería resolverse con diálogo y respeto, hoy parece agravarse con actitudes que echan más leña al fuego… o peor aún: intentan apagar un incendio con gasolina.
Esta expresión, que cobra fuerza en la voz de la comunidad, resume el sentimiento de muchos habitantes que ven con preocupación cómo los problemas de convivencia están escalando a niveles innecesarios. Peleas por el ruido, disputas por el uso del espacio público, enfrentamientos en redes sociales e incluso agresiones físicas están alterando la tranquilidad de barrios que por años se han caracterizado por la unión entre vecinos. La situación ha motivado a líderes sociales y ciudadanos de a pie a levantar la voz y hacer un llamado a la reflexión. ¿Qué está pasando con nuestra capacidad de tolerar al otro? ¿Estamos perdiendo el valor de escucharnos? ¿Será que en lugar de construir puentes, estamos cavando abismos? La invitación es clara: no se trata de ignorar los problemas, sino de enfrentarlos desde el respeto, el diálogo y la empatía. En Bosa, como en cualquier rincón de Bogotá, la convivencia no es una opción, es una necesidad. Las autoridades locales, junto a organizaciones comunitarias, ya trabajan en estrategias de mediación y cultura ciudadana. Pero el verdadero cambio empieza por casa, por cada uno. Porque en vez de avivar el conflicto, es hora de apagarlo con inteligencia, humanidad… y no con gasolina.

