Extorsión desde la Cárcel: ¿Quién Protege al Ciudadano en Bogotá?

por: William Olaya Sarmiento

defensor de Derechos Humanos y Veedor

Un nuevo y perturbador episodio de extorsión en Bogotá ha vuelto a sacar a la luz una realidad incómoda y a menudo ignorada: la delincuencia en la capital no solo persiste, sino que se ha sofisticado, organizado y, en ciertos contextos, incluso normalizado. La víctima, un periodista local, recibió una llamada en la que le exigían una suma millonaria, condicionada a una supuesta “protección”, y acompañada de amenazas directas contra su vida y la de su familia. Este hecho no es un incidente aislado; es un espejo de una problemática más profunda. Lo verdaderamente alarmante de esta amenaza no es solo su brutalidad, sino su origen: una cárcel. Ese espacio que, en teoría, debería confinar a quienes han infringido la ley, opera en la práctica —según innumerables denuncias y evidencias— como un centro de operaciones criminales, una suerte de PMU delictivo subsidiado por el Estado y financiado con los impuestos de todos. Desde estos recintos se coordinan extorsiones, se intimida a ciudadanos y se perpetúa una atmósfera de miedo, mientras la respuesta institucional a menudo se queda corta, reducida a llamados a la calma que no logran transformar la realidad de fondo.

El Silencio de la Impunidad

Este tipo de situaciones genera una sensación de abandono peligrosa: la percepción de que el ciudadano honesto está desprotegido. La creencia de que cumplir la ley no garantiza seguridad y que denunciar puede incluso añadir un riesgo adicional. En este escenario, el silencio comienza a parecer una opción más segura que la denuncia, pero es precisamente en ese silencio, por comprensible que sea, donde la impunidad encuentra su terreno más fértil para crecer.

Garantías vs. Control: Un Equilibrio Roto

Es inevitable cuestionar la dirección que ha tomado la discusión pública en torno a la seguridad. La defensa de los derechos humanos es un pilar irrenunciable de cualquier democracia, pero su interpretación y aplicación no pueden convertirse en un escudo que, en la práctica, termine favoreciendo dinámicas criminales o debilitando la legítima autoridad del Estado. El delicado equilibrio entre las garantías individuales y el control efectivo se ha desdibujado, y las consecuencias las está pagando directamente la ciudadanía.

El Voto Consciente: Más Allá de las Promesas

A esta compleja ecuación se suma un factor determinante: la participación política. En tiempos electorales, proliferan los discursos grandilocuentes, las promesas de soluciones fáciles y las palabras sobre seguridad, justicia y oportunidades. Sin embargo, una vez concluidas las elecciones, muchas de esas promesas se desvanecen. La ciudadanía, entonces, se enfrenta a una decisión crucial: seguir votando impulsada por la emoción del momento o comenzar a hacerlo desde una conciencia crítica y bien informada. Elegir bien no es un acto menor; implica un compromiso. Requiere informarse a fondo, cuestionar, analizar trayectorias, propuestas y la coherencia de los candidatos. Significa dejar de lado el clientelismo, los discursos populistas y las promesas vacías. Es entender que cada voto tiene consecuencias tangibles en la vida cotidiana, en la seguridad del barrio y en la tranquilidad de las familias.

La Responsabilidad Colectiva de No Callar

No se trata de caer en la resignación ni en el pesimismo, sino de asumir una responsabilidad colectiva. Es imperativo denunciar, exigir, participar activamente e informarse. No podemos normalizar la violencia ni la corrupción, ni justificar lo injustificable. Y, sobre todo, no debemos callar. Porque cuando el miedo se arraiga y se vuelve costumbre, la sociedad empieza a perder algo mucho más valioso que la tranquilidad: pierde su capacidad de reaccionar. Y en ese punto, recuperar el rumbo y la confianza se convierte en una tarea monumentalmente más difícil. La pregunta ya no es qué está sucediendo. La pregunta fundamental es qué estamos dispuestos a hacer como ciudadanos frente a esta preocupante realidad.

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