La adquisición de bienes de alto valor a crédito, como los últimos modelos de teléfonos móviles o vehículos costosos, se ha normalizado en la sociedad actual. Estas prácticas, lejos de ser decisiones triviales, reflejan una lógica social que prioriza la imagen sobre la solidez financiera. Este fenómeno se ve notablemente amplificado por la influencia de las redes sociales.Recientemente, las creadoras de contenido Lu Beccassino y Lorena Vargas abordaron este debate crucial. Ambas expertas explicaron cómo la compra de bienes para simular una riqueza inexistente no solo no confiere éxito, sino que puede conducir al empobrecimiento. Su análisis ofrece una profunda reflexión sobre el consumo moderno, el crédito y la presión social por la inclusión.
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El consumo conspicuo y la necesidad de aparentar
El economista y sociólogo Thorstein Veblen acuñó el término «consumo conspicuo» para describir la adquisición de bienes. El propósito de estas compras no es la necesidad, sino la exhibición de un determinado estatus social.Históricamente, esta conducta estaba ligada a las clases privilegiadas, que manifestaban su poder económico mediante gastos visibles. Sin embargo, en la actualidad no es indispensable poseer una vasta fortuna para participar en esta dinámica, pues el acceso al crédito facilita esta tendencia.Según el análisis de Beccassino y Vargas, un número significativo de individuos realiza compras sin una necesidad real. Su motivación principal es proyectar una imagen de éxito, pertenencia o poder. Esto incluye el último modelo de celular, celebraciones que consumen una parte considerable del salario o la adopción de estilos de vida insostenibles.Este patrón se intensifica en sociedades con marcadas desigualdades, donde la comparación social es una constante. Lo que Veblen denominó «clase ociosa» se manifiesta hoy en las aspiraciones que circulan en redes sociales, mostrando vidas idealizadas y un consumo incesante que a menudo dista de la realidad.
Redes sociales, comparación y pobreza oculta
La teoría de la comparación social explica por qué la valoración de nuestra situación económica ya no se basa en lo que poseemos. En su lugar, se fundamenta en la comparación con la situación de otros individuos.Las plataformas de redes sociales magnifican este efecto al exponer a los usuarios a un vasto universo de influencers y creadores de contenido. Estos perfiles a menudo exhiben estilos de vida que son difíciles de replicar para la mayoría de la población.Esta presión social impulsa a muchas personas a endeudarse con el fin de mantener una imagen. Adquirir vehículos que superan el 40% de los ingresos o residir en zonas exclusivas con dificultades para cubrir gastos básicos son indicativos de lo que las expertas llaman «pobreza oculta». Esta situación implica aparentar solvencia sin la capacidad real de sostenerla a largo plazo.Incluso tendencias asociadas al bienestar y el estilo de vida, como ciertas rutinas de ejercicio o marcas virales, pueden transformarse en símbolos de pertenencia. El verdadero problema no reside en el consumo per se, sino en realizarlo motivado por la apariencia y no por una auténtica estabilidad financiera.La conclusión esencial es que la verdadera riqueza no se define por la cantidad gastada, sino por lo que se conserva. Además, importa cómo se utiliza ese capital para construir seguridad, tranquilidad y una calidad de vida duradera.En una era dominada por el crédito fácil y la exhibición digital constante, es crucial cuestionar el consumo aspiracional. Esta reflexión se convierte en una herramienta fundamental para evitar caer en un ciclo de endeudamiento silencioso y persistente.
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