William Olaya Sarmiento
Observatorio de veeduría local-Bosa
En un rincón del suroccidente bogotano, donde la realidad se escribe a pulso entre calles polvorientas y voces diversas, se está librando una batalla silenciosa pero crucial: la lucha por el derecho a narrar desde abajo. En Bosa, los medios comunitarios, alternativos e independientes —esos que nacen del barrio, del colectivo, de la esquina— enfrentan una ofensiva sistemática que busca silenciar lo que incomoda, lo que no encaja, lo que no se vende.
No se trata solo de una disputa mediática. Lo que está en juego es mucho más profundo: la posibilidad de ejercer ciudadanía a través de la palabra, de construir democracia desde las voces no hegemónicas, de contar verdades que no pasan por los filtros del poder. La censura, aunque no se declare abiertamente, se manifiesta con una claridad alarmante: exclusión de convocatorias públicas, obstáculos institucionales, estigmatización y manipulación de procesos participativos.
Detrás de estas prácticas hay una lógica peligrosa y autoritaria: solo tienen derecho a comunicar quienes aplauden, quienes replican sin cuestionar, quienes adornan con retórica las omisiones del poder local. Y así, la prensa se convierte en propaganda, la crítica en amenaza y la autonomía en rebeldía intolerable.
Pero lo más preocupante no es solo la existencia de estas estrategias, sino su normalización. Cuando el silenciamiento se convierte en política no escrita, cuando se aceptan las reglas del juego impuestas por quienes manejan los hilos presupuestales y burocráticos, la democracia local se vacía de contenido. Ya no hablamos de participación real, sino de escenografías cuidadosamente diseñadas para legitimar decisiones previamente tomadas.
Sin embargo, hay quienes resisten. Medios comunitarios que, con pocos recursos y mucha convicción, siguen informando, investigando, denunciando. Voces que se niegan a ser compradas o calladas. Estas resistencias, aunque fragmentadas y muchas veces solitarias, son fundamentales. Porque cada vez que un medio alternativo se apaga, también se apaga una parte de la comunidad, una mirada, una posibilidad de futuro más justo.
Este momento exige una toma de postura clara. No se puede ser neutral frente a la censura disfrazada de gestión. Quienes creemos en la comunicación como derecho y no como privilegio, debemos alzar la voz, acompañar a quienes luchan desde los márgenes y defender, sin ambigüedades, el valor de una palabra libre.
Bosa merece una comunicación plural, crítica y autónoma. Lo contrario es repetir el viejo libreto del autoritarismo, esta vez con rostro moderno y lenguaje técnico.
Los dueños del poder, como bien dice el artículo, pasarán. Lo que no puede pasar es la oportunidad de construir una sociedad que no tema a la verdad. Porque cuando se calla al que informa, se condena al que escucha. Y eso, en cualquier territorio, es inaceptable.

