Cada amanecer, mucho antes de que el sol acaricie el horizonte, miles de mujeres en el campo y la ciudad ya están en plena acción. Ellas son las maestras de la multitarea, las guardianas de cada minuto y las administradoras precisas de cada recurso. En la vibrante región metropolitana de Bogotá-Cundinamarca, esta realidad toma forma, tiene un rostro definido y una fuerza transformadora que sostiene, día tras día, nuestro sistema agroalimentario.
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Mayerly Reyes, desde la vereda de San Jorge en Soacha, es un claro ejemplo de esta dedicación. Cuando el reloj apenas marca las cuatro de la mañana, su jornada ya ha despegado con una energía imparable. «Me levanto temprano, ordeño las vacas para nuestros yogures caseros, luego preparo el almuerzo y salgo al cultivo», relata Mayerly. Su finca es un hervidero de vida, produciendo arvejas, fresas y otros manjares que llegan frescos a la ciudad. Desde su pequeña pero increíblemente diversa finca, Mayerly surte las mesas de innumerables hogares urbanos. Ella es la síntesis perfecta de producción primaria, transformación de alimentos y cuidado del hogar. Su historia es solo la punta del iceberg de una realidad mucho más amplia y persistente. Miles de mujeres rurales, cada día, son el pilar decisivo que une el campo con la mesa urbana. Las cifras nos ayudan a comprender la magnitud de su impacto y, a la vez, las desigualdades. En Colombia, el 46,5% de los hogares tienen jefatura femenina, según el DANE. Esta tendencia se mantiene en la región central, con Bogotá al 48% y Cundinamarca al 46,3%.Ahí es donde surge la primera brecha: no en la falta de trabajo, sino en la manera profundamente desigual en que ese trabajo es reconocido, distribuido y, lo más importante, recompensado.
Las brechas que limitan el potencial productivo de las mujeres rurales
En la vida de Mayerly, como en la de muchas otras mujeres rurales, el tiempo es un recurso escaso que rara vez se dedica por completo a una sola tarea. La producción agrícola convive con el cuidado familiar, las labores domésticas y la administración total del hogar. En las zonas rurales de Bogotá, un asombroso 63% de las mujeres se dedica principalmente a los oficios del hogar. Esta cifra contrasta con el 39% en las zonas urbanas, una brecha de 24 puntos porcentuales que revela una profunda desigualdad. Estos datos, del Observatorio de Mujeres y Equidad de Género (OMEG), no solo hablan de tareas domésticas. Reflejan horas que no se contabilizan en la productividad formal, pero que limitan drásticamente cualquier posibilidad de producir más, vender mejor o participar en espacios de decisión. La Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del DANE lo confirma con cifras aún más impactantes. En áreas rurales, los hombres dedican 3 horas y 3 minutos al día al trabajo no remunerado, mientras que las mujeres invierten 8 horas y 53 minutos. Esta brecha comienza temprano: entre los jóvenes de 18 a 24 años, ellas dedican casi 8 horas diarias a estas labores, frente a las menos de 3 horas de ellos. Una desigualdad que define futuros. El impacto de esta diferencia no se queda en casa; afecta directamente la economía rural y regional. Más horas dedicadas al cuidado y al trabajo doméstico significan menos margen para expandir actividades productivas y generar ingresos propios. Esto se traduce en menos tiempo para participar en organizaciones, acceder a mercados o asumir roles de liderazgo. La desigualdad en el uso del tiempo reduce drásticamente el potencial productivo de toda la región.
Desigualdad económica y feminización de la pobreza
Las brechas de género se manifiestan de forma brutal en los indicadores de pobreza, especialmente en el campo. En las zonas rurales de Colombia, el 29,8% de los hogares con jefatura femenina vive en situación de pobreza multidimensional. Esta cifra es 3,9 puntos porcentuales más alta que la registrada en hogares rurales con jefatura masculina, una diferencia que pone en jaque sus decisiones cotidianas más básicas. En la práctica, esta desigualdad las obliga a dilemas imposibles: ¿comprar semillas o pagar la matrícula escolar? ¿Invertir en el cultivo o responder a una urgencia familiar? La pobreza es una restricción severa a su capacidad de planear y proyectarse. En Bogotá, la situación es similar: los hogares con jefatura femenina presentan niveles más altos de pobreza monetaria, con un 23,8% frente al 20,2% de los hogares con jefatura masculina. Además, un preocupante 49% de los hogares liderados por mujeres se ubica en los estratos 1 y 2, lo que subraya una vulnerabilidad económica alarmante. La feminización de la pobreza es una cruda realidad. Esta «feminización de la pobreza» se traduce en más responsabilidades, menos activos, menor margen económico y desigualdades en el acceso al empleo, la tierra y los recursos productivos. Todo ello las expone a una mayor inestabilidad. Mayerly, como tantas otras, no necesita explicaciones teóricas; ella vive esta ecuación cada día, administrando con esfuerzo el tiempo, los recursos y cada peso que entra a su hogar.
Tierra, decisiones y financiamiento: en el centro de la brecha productiva
Mayerly trabaja la tierra incansablemente, pero su experiencia, y la de muchas mujeres rurales, demuestra que producir no siempre significa tener poder de decisión. El acceso a la tierra sigue siendo un reto urgente y persistente. En Cundinamarca, solo el 38% de los predios rurales están titulados a mujeres como únicas propietarias. Y, lo que es aún más revelador, el 85% de esos predios son microfundios de menos de tres hectáreas. Esta escala limitada restringe severamente las posibilidades de desarrollar proyectos productivos de mayor alcance e impacto. La propiedad formal no siempre se traduce en autonomía real. De hecho, la propiedad formal tampoco implica un poder de decisión real. En muchos casos, una mujer figura como titular del predio, pero las decisiones clave –qué sembrar, cuándo vender, dónde invertir– siguen siendo tomadas por otros. La Encuesta Nacional Agropecuaria 2023 revela que solo el 30,51% de las unidades productivas agrícolas en Cundinamarca son lideradas decisivamente por una mujer. La formalidad, lamentablemente, no garantiza el control. Las brechas también se extienden al acceso al financiamiento rural, un factor crítico para el desarrollo. Según GeoAgro 2025, en Cundinamarca por cada 100 operaciones financieras otorgadas a hombres, solo 68 llegan a las mujeres. Además, por cada $1.000.000 que ellos reciben, ellas obtienen en promedio apenas $531.706. Esta diferencia abismal determina quién puede invertir, tecnificarse o resistir un mal ciclo productivo. La desigualdad no cesa al terminar la cosecha o al vender los productos; persiste en los espacios de participación y toma de decisiones públicas. Según la Política Pública de Mujeres y Equidad de Género de Bogotá, solo el 12% de las mujeres participa en espacios institucionales. Cuando se les pregunta por las razones de esta baja participación, un abrumador 40% de las mujeres menciona la falta de tiempo como el principal obstáculo. Le siguen el desconocimiento de las organizaciones y la desconfianza. En resumen, las mujeres sostienen una parte fundamental del sistema agroalimentario, pero llegan a los espacios de decisión con menos tiempo, menos recursos y, lamentablemente, con menos voz.
Igualdad de género: una condición para sistemas agroalimentarios sostenibles
La historia de Mayerly nos lo demuestra con una claridad rotunda: el problema nunca ha sido la falta de capacidad o de trabajo por parte de las mujeres. El verdadero desafío es un sistema que no les devuelve, en la misma medida, lo que ellas ya aportan.
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