OPINION: CRISTINA PLAZAS.
Existe una línea muy delgada entre defender legítimamente los derechos de las mujeres y utilizar las causas de género como excusa para evadir responsabilidades. Confundir una cosa con la otra no solo es un error; termina haciéndole daño a la misma causa que se pretende proteger.
Lo primero debería ser obvio. La discriminación contra las mujeres existe. La violencia política de género existe. Hay mujeres que siguen enfrentando barreras injustas para acceder a espacios de poder, y eso debe denunciarse y combatirse con toda la contundencia.
Pero una cosa es reconocer una realidad y otra muy distinta convertirla en explicación automática para todo lo que ocurre.
En los últimos días hemos visto cómo algunos intentan explicar la derrota de Paloma Valencia diciendo que perdió por ser mujer. Que Colombia no está preparada para elegir una presidenta. Que el electorado sigue siendo machista.
Esa explicación no resiste el menor análisis. Y los hechos lo demuestran con claridad.
Si Colombia fuera la sociedad hipermachista que algunos describen, Paloma Valencia jamás habría llegado hasta donde llegó. Una sociedad que sistemáticamente excluye a las mujeres no las deja ser candidatas presidenciales. No las rodea de figuras políticas masculinas de peso que las respaldan. No las acepta en la Gran Consulta. No las ve como interlocutoras legítimas. El expresidente Uribe, los líderes del centro-derecha, sus compañeros de coalición: ninguno dijo que no estaban listos para una mujer. Todo lo contrario: la respaldaron, la tomaron en serio y compitieron con ella de frente. Incluso algunas feministas la atacaron, no porque fuera débil, sino porque era demasiado independiente, demasiado difícil de reclamar. ¿Resulta que ahora las mujeres solo tienen valor si llevan el carnet del movimiento correcto?
Paloma Valencia era una figura fuerte para hombres y mujeres por igual. Eso no se improvisa y no se regala. Se gana.
Y sin embargo perdió. No por ser mujer. Perdió porque hizo una mala campaña, cometió errores estratégicos y no logró conectar con suficientes electores. Y decirlo no es un ataque contra ella. Todo lo contrario: es reconocerla como una dirigente política capaz de acertar o equivocarse, exactamente igual que cualquier hombre.
Las mujeres no somos seres frágiles que necesiten una explicación de género cada vez que algo sale mal. Podemos tomar malas decisiones, desconectarnos del electorado y perder una elección. Exactamente igual que los hombres.
Se ha vuelto costumbre atribuir cualquier crítica o cualquier derrota femenina al machismo. Si una mujer pierde, es porque la discriminaron. Si la cuestionan, es porque es mujer. Si recibe críticas, es violencia política de género. No. A veces una derrota es simplemente una derrota. A veces una crítica es simplemente una crítica.
Esa narrativa es profundamente condescendiente. Parte de la idea de que las mujeres necesitamos una explicación especial frente al fracaso o frente al escrutinio público. Como si no tuviéramos la fortaleza suficiente para asumir nuestros errores y aprender de ellos.
El problema más grave es otro: cuando todo se convierte en machismo, nada termina siendo machismo. Cuando cualquier desacuerdo es catalogado como misoginia y cualquier derrota electoral como discriminación, el concepto pierde fuerza. Se banaliza. Se desgasta. Quienes terminan pagando el precio son precisamente las mujeres que sí enfrentan casos reales de exclusión, acoso o violencia política.
Hay además otro argumento que tampoco resiste análisis: el de que Colombia no estaba preparada para una jefa de Estado mujer, como si las mujeres fueran una novedad en el poder. Este país lleva décadas siendo gobernado por mujeres: en los ministerios que definieron políticas públicas, en las gobernaciones y alcaldías que transformaron territorios, en el Congreso que construyó legislación, en las altas cortes que reescribieron jurisprudencia y en las empresas que cambiaron economías enteras. Las mujeres no han sido figuras decorativas en esos espacios. Han sido protagonistas de transformaciones reales. No están esperando permiso para gobernar. Llevan décadas haciéndolo. Decir que el país no estaba listo para Paloma es desconocer todo eso. Es, paradójicamente, invisibilizar a las mismas mujeres que ya rompieron esos techos.
La igualdad no consiste en recibir un trato preferencial ni en quedar blindadas frente a la crítica o frente a las consecuencias de nuestros errores. Consiste en algo mucho más simple: que nos midan con la misma vara con la que se mide a los hombres. Que nuestros triunfos se atribuyan a nuestros méritos y que nuestras derrotas se expliquen por nuestras decisiones.
Paloma Valencia no perdió por ser mujer. Perdió una elección. Y punto.
Eso, precisamente, es igualdad.

