POR: Cristina Plazas Michelsen

 

El panorama político actual nos deja una lección tan clara como dolorosa: mientras la izquierda entendió el valor estratégico de la disciplina y la unidad, la derecha terminó atrapada en el laberinto de sus propios egos. Hoy, a las puertas de una definición crucial, las consecuencias de ese error están pasando factura.

Para corregir el rumbo hay que reconocer, con absoluto realismo, los aciertos del adversario. Durante los últimos cuatro años, bajo el gobierno de Gustavo Petro, la izquierda se dedicó a construir un proyecto común. Por supuesto que hubo tensiones, diferencias y disputas internas, pero sus dirigentes entendieron que la supervivencia de su proyecto político dependía de actuar como un bloque.

Los resultados están a la vista. Lograron consolidar una fuerza cohesionada al servicio de un objetivo de largo plazo. Entendieron algo elemental en política: las diferencias personales pueden esperar cuando lo que está en juego es la conquista y conservación del poder. Esa disciplina les permitió llegar unidos a una elección decisiva, algo que la derecha fue incapaz de hacer.

La derecha hizo exactamente lo contrario. Prefirió la fragmentación. Cada sector defendió su parcela, cada liderazgo se creyó indispensable y cada partido antepuso sus propios intereses. El error no fue ideológico ni programático: fue estratégico. Mientras la izquierda utilizó una consulta para definir su candidatura y cerrar filas, la derecha renunció a cualquier mecanismo de unidad. El resultado es evidente: quienes deberían estar concentrados en derrotar a Iván Cepeda terminaron enfrentándose entre sí. Para muchos, el rival dejó de ser el de enfrente y pasó a ser el de al lado.

Y el adversario no es cualquiera. Iván Cepeda es el artífice de la «Paz Total», una política que terminó convertida en una patente de corso para la criminalidad, fortaleciendo a los grupos armados ilegales justo cuando el país necesitaba autoridad. Durante estos años crecieron los cultivos de coca, se expandió la presencia territorial de las organizaciones delictivas y millones de colombianos en las regiones volvieron a vivir bajo el yugo del chantaje y el confinamiento de los violentos. La paradoja es trágica: nos vendieron una paz absoluta y nos dejaron un país sometido a las economías ilegales.

Las heridas que deja una contienda de esta naturaleza no desaparecen por decreto ni se superan automáticamente después de una elección. La política, como la vida, también está hecha de confianzas rotas, agravios y errores que dejan huella. Por eso, la preocupación de millones de colombianos va mucho más allá de las simpatías partidistas. Lo que está en discusión es si Colombia seguirá siendo un país con democracia, instituciones independientes y libertades reales, o si terminará recorriendo el mismo camino que ya han transitado otras naciones de la región. El riesgo del continuismo no es solo un cambio de gobierno; es la alteración definitiva de las reglas de juego democráticas, pretendiendo imponer una Asamblea Nacional Constituyente por vías de hecho si las vías institucionales les resultan adversas.

Frente a este vacío de grandeza en los liderazgos tradicionales, la responsabilidad recae ahora sobre la sociedad civil. Son los ciudadanos, los sectores productivos y las fuerzas vivas del país quienes deben rescatar el rumbo de la nación, obligando a la sensatez a una clase política que parece ciega ante el abismo.

Todavía creo que se puede ganar, pero eso exige una enorme dosis de responsabilidad y grandeza. Las diferencias son reales y los desacuerdos también. Llega un momento en que los proyectos colectivos deben estar por encima de las aspiraciones individuales. Cuando lo que está en juego no es una curul, un ministerio o una candidatura, sino el modelo de nación, la mezquindad política se convierte en un lujo que no podemos permitirnos.

La historia está llena de sectores que perdieron no porque fueran minoría, sino porque fueron incapaces de unirse alrededor de un propósito común. El espejo de Venezuela es devastadoramente claro: una oposición fragmentada, ciega ante la magnitud de la amenaza y atrapada en vanidades particulares, terminó entregándole el país a un régimen autoritario que destruyó la democracia desde adentro. La unidad no es una consigna romántica. Es una condición de supervivencia. Frente a un proyecto disciplinado, organizado y consciente de lo que quiere, la dispersión no es un error. Es una entrega.

Ganar las elecciones será apenas el primer paso. La verdadera pregunta es si nuestros dirigentes estarán a la altura de los desafíos que vendrán después, pues contener un proyecto autoritario requerirá de una resistencia democrática sostenida en el tiempo. Porque, hasta ahora, la ambición individual ha pesado más que el futuro del país. Y el socialismo del siglo XXI no espera.

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