Por: William Olaya Sarmiento
Hoy, 11 de agosto de 2025, Colombia despide a Miguel Uribe Turbay, senador y precandidato presidencial, tras dos meses de intensa lucha en la Clínica Fundación Santa Fe, tras resultar gravemente herido en un atentado el pasado 7 de junio en Bogotá .
La pregunta que resuena fuerte en este día es: ¿quién escoge la familia, el entorno, el linaje con que nacemos y crecemos? Miguel llegó al mundo como parte de una de las familias más influyentes de Colombia: su abuelo materno fue el expresidente Julio César Turbay Ayala, y su madre, la periodista Diana Turbay, fue víctima del narcotráfico cuando él tenía apenas cinco años . Él no eligió esa historia, pero llevó consigo esa herencia difícil.
Desde joven, decidió no ceder ante la tragedia, ese dolor profundo que marcó su infancia. Estudió Derecho y Políticas Públicas en la Universidad de los Andes y luego una maestría en Administración Pública en Harvard . A los 25 años ingresó al Concejo de Bogotá, llegando a presidirlo en 2014 . Como Secretario de Gobierno de la Alcaldía de Peñalosa, enfrentó desafíos de seguridad con determinación . Fue candidato a la Alcaldía de Bogotá en 2019 y, aunque no resultó vencedor, su notable desempeño lo consolidó como una figura emergente .
Llegó al Senado en 2022 como el más votado de la lista del Centro Democrático . Desde su curul impulsó importantes proyectos en seguridad, educación, libertad económica y fortalecimiento del sistema democrático .
Miguel Uribe Turbay no eligió su linaje, pero lo asumió con valentía y lo transformó en servicio público. Esa tensión entre un legado familiar impuesto y una vocación llamada conscientemente es, acaso, una de las principales lecciones de su vida.
Hoy nos deja una pregunta abierta: ¿nacemos determinados por nuestras raíces, o podemos forjar un destino distinto más allá de ellas?
Colombia pierde hoy a un hombre íntegro, un líder joven y comprometido, con una mirada abierta hacia el futuro, pese a cargar un pasado doloroso .
Que este momento inspire a los colombianos a amar lo que no elegimos—nuestra familia, nuestra historia—pero también a creer que podemos construir, desde allí, un país más justo, digno y esperanzador.

