La historia reciente del pueblo Nukak es el reflejo doloroso de los daños irreparables que la guerra ha dejado —y sigue dejando— en el Guaviare y a lo largo de ríos como el Inírida. Se trata de un pueblo ancestral, emparentado con quienes habitaron el Chiribiquete, y uno de los pocos en el mundo que aún conserva prácticas nómadas. Tras la fiebre del caucho, permanecieron aislados del resto de la humanidad hasta 1965, cuando la expansión ganadera irrumpió en sus territorios. Décadas más tarde, en 1988, su nombre volvió a aparecer en los titulares: un grupo de familias llegó desplazado al municipio de Calamar, Guaviare, huyendo de la violencia que desató el narcotráfico en la región. Desde entonces, su historia ha sido una sucesión de despojos, rupturas y silencios, marcando con crudeza el exterminio cultural que enfrentan no solo ellos, sino decenas de pueblos indígenas en Colombia. El cortometraje Nukak: despojo territorial y daño cultural recoge las voces de autoridades e integrantes de la comunidad, quienes narran —en su idioma y con sus propios términos— las afectaciones sufridas y las necesidades urgentes que los atraviesan. Sus palabras no son solo un testimonio: son un clamor colectivo. En ellas se expresa el llamado que atraviesa a todas las poblaciones indígenas del país: la necesidad urgente de una paz que les permita simplemente vivir. Vivir sin miedo, sin despojo, sin exilio.
La Emisora Del Ambiente, El Arte Y La Cultura

