*EL HOMBRE QUE CAMINÓ SOBRE EL SALTO DE TEQUENDAMA Y LUEGO ENTRE MONSERRATE Y GUADALUPE.

El 15 de noviembre de 1895, el camino de Soacha hacia el salto del Tequendama se llenó de gente que iba a presenciar la hazaña de Harry Warner. En el diario El Telegrama del 18 de noviembre apareció una reseña que cuenta: «Los carruajes que hay en la ciudad están tomados; muchos van en bicicleta, muchísimos a caballo y una legión a pie. La ciudad se quedó sola. Un joven Villamil cayó al río, pero fue afortunadamente sacado, cuando estaba próximo a caer en el abismo».
Más de 600 espectadores, entre citadinos y campesinos de Soacha, estuvieron atentos a los preparativos del show. El equilibrista tuvo serios problemas para fijar el cable y nadie pudo ayudarlo, porque no le entendían una sola palabra. A las 10 de la mañana logró amarrar el cable de un lado del río Bogotá, pero después de pasar a nado cuatro veces, con sobretodo, camisa, pantalones, botas y sombrero, notó que el cable era demasiado corto.
Warner no logró solucionar el percance hasta el día siguiente, pero ese sábado cometió otro error: olvidó del otro lado las poleas e instrumentos para templar el cable.
Como no quería nadar más, se aventuró a pasar por la cuerda, destemplada y mojada por la caída de agua. Para empeorar las cosas, comenzó a llover y la neblina se hizo más espesa, pero Warner pasó por segunda vez, con los instrumentos al hombro, y terminó la labor a las 3 de la tarde, muy cansado como para comenzar el espectáculo.
Por fin, cuando el público se había cansado de esperar, **el equilibrista atravesó el salto del Tequendama el domingo 17, a las 11 de la mañana.** Lo vieron unos cuantos campesinos y seis caballeros de Bogotá.
El Correo Nacional del 19 de noviembre escribió: «Pasó de pie sobre la cuerda hasta la mitad del salto; allí se volvió de espaldas y regresó a donde había salido (…). Volvió a pasar la cuerda, deteniéndose en la mitad del salto; allí tomó la balanza en una mano, y con la otra saludó a los atónitos espectadores; después se sentó en la cuerda, se arrodilló y se acostó en ella (… Luego se levantó). Y siguió de espaldas (…). En esta última operación, M. Warner se enredó en el cable y estuvo a punto de perder el equilibrio, pero inmediatamente se repuso».
El Sol publicó el 28 de noviembre este verso de Clímaco Soto y Jorge Pombo: «Es tanto el equilibrismo / de Warner, el sorprendente / que, cuando pasa el abismo, / en vez de abismarse él mismo, / hace abismar a la gente».
Para ganar algo de dinero, Warner contrató los servicios del fotógrafo español Alfredo Esperón, el mismo que retrataría al año siguiente al poeta José Asunción Silva en su lecho de muerte. «Él mismo vende las muy pocas fotografías que el hábil artista Sr. Esperón sacó, al mínimo precio de un peso el ejemplar. Creemos que todo Bogotá acudirá a comprarlas», reseñó El Sol el 30 de noviembre.
Pero el negocio entre el español y el canadiense salió mal. **Warner cubrió los viáticos del fotógrafo para ir hasta el salto del Tequendama y le pagó por adelantado 12 clichés y 500 copias.** A Esperón se le rompieron nueve o diez clichés e incumplió con la entrega de las copias. Warner fue a reclamarle, pero el fotógrafo rompió otro de los clichés (negativos) y le dijo que iba a vender las copias a menor precio, para dejarlo sin clientela. Así lo registró El Heraldo, de Bogotá, el 17 de diciembre.
Warner quiso volver a pasar el salto del Tequendama, pero la Gobernación le negó el permiso, como lo atestiguó una pequeña nota de El Sol: «A la inconveniencia que puede haber en que el Gobierno permita actos de esta especie, que expongan la vida de los que los ejecutan, se resuelve: no se concede el pase que solicita el señor Harry Warner».
‘Flotando’ sobre el río
El equilibrista, entonces, buscó otro abismo y escogió el Boquerón, el tajo que hace el río San Francisco entre los cerros Guadalupe y Monserrate. Allí, el 20 de diciembre de 1895, entre dos riscos, un grupo de músicos entonó una melodía marcial mientras el norteamericano se jugaba la vida con los ojos vendados.
El Correo Nacional del 21 de diciembre contó: «En la mitad de aquel mundo de abismos, según debe uno verlo desde allí, se detiene, toma asiento, y ¡oh prodigio de serenidad, de arte y de audacia!: se extiende largo a largo sobre el único punto de apoyo, la cuerda (…). Warner sigue, se arrodilla (…) y con repentina fuerza (se pone de pie y) repasa la cuerda caminando hacia atrás».
Por lo pronto, el error de la placa que colgaba en Monserrate quedó enmendado para honrar la memoria de este destacado turista que sorprendió a Bogotá.
Creditos:SIMÓN POSADA TAMAYO

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