La discreta diplomacia de la Iglesia católica puede ser de utilidad en la situación de Venezuela, según analistas.

La mediación de la Iglesia católica con el liderazgo de Cuba, aliado del gobierno de Nicolás Maduro, pudiera abrir la puerta a una nueva misión diplomática en Venezuela, de acuerdo con especialistas. Sin embargo, el Vaticano “no se autoelige” para esas tareas, advierten. La diplomacia de la Iglesia católica podría ser “útil” para facilitar una solución a la crisis política y de derechos humanos en Venezuela, a la luz de su reciente mediación para la liberación de decenas de presos políticos en Cuba, el mayor aliado ideológico del gobierno de Nicolás Maduro, es la opinión de expertos. Ante los acontecimientos recientes, no es descartable que la Iglesia católica ejerza «una diplomacia silenciosa y discreta, pero útil y necesaria” en Venezuela, donde Maduro acaba de jurar para un tercer mandato entre denuncias de fraude electoral, advirtió el historiador, analista de procesos políticos y profesor universitario Ángel Lombardi. Su santidad el papa Francisco también abogó a inicios de año por una “diplomacia de esperanza” que derivara en la libertad de presos por distintas razones. “La diplomacia de la esperanza es, en fin, una diplomacia de justicia, sin la cual no puede haber paz. El Año Jubilar -se celebra cada 25 años en la Iglesia- es un tiempo favorable para practicar la justicia, para condonar las deudas y conmutar las penas de los prisioneros”, dijo en su discurso anual al cuerpo diplomático en el Vaticano, el 9 de enero. El sacerdote jesuita Arturo Peraza, también abogado, doctor en ciencias políticas y rector de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), subraya que uno de los roles fundamentales de la Iglesia es ayudar en temas humanitarios. “Ha sido una práctica histórica tratar de hacer entenderse entre situaciones contendientes o de tensión en función de protección de las personas”, comentó a la VOA, destacando que la diplomacia vaticana “es muy discreta” y sabe cómo colaborar con diálogos y encuentros. “Esto supone tomar posiciones que a veces pueden ser incómodas para los grupos que consideran que tienen razones válidas, pero que de alguna u otra manera intentan colaborar desde la perspectiva de la paz”, apuntó. Sobre la posibilidad de una posible intercesión en la crisis política venezolana, Lombardi recordó que “la Iglesia siempre lo ha hecho”, citando los ejemplos recientes de Cuba y Nicaragua. En 2018, altos delegados de la jerarquía católica abogaron entre el gobierno de Daniel Ortega y sus opositores tras el estallido social y protestas contra el status quo político. Desde entonces, Ortega detuvo o desterró a varios sacerdotes. Sólo en agosto pasado, una docena de religiosos fueron detenidos y algunos enviados a Roma. También, su gobierno ordenó la expulsión de monjas del país, cerró cientos de oenegés con fines religiosos y expropió edificios de la Iglesia. A pesar de aquella experiencia, Lombardi considera que la Iglesia todavía podría jugar un importante papel en las negociaciones con Caracas. Mientras sus opositores dicen haber ganado la elección holgadamente y llaman a los militares a deponer del poder a Maduro, su gobierno ha detenido a cientos de activistas políticos, defensores de derechos humanos y periodistas, acusándolos de terrorismo. Díaz-Canel y Ortega fueron los únicos mandatarios presentes en la investidura de Maduro del 10 de enero, concretada en Caracas entre promesas de la oposición de tomar el poder y un operativo de seguridad sin precedentes en la capital venezolana. Una nueva tarea diplomática de la Iglesia en Venezuela podría “formar parte de su misión en defensa de los derechos humanos”, valora Lombardi, exrector de la Universidad del Zulia y la Universidad Católica (Unica), en ese estado del occidente venezolano, considerado el más poblado del país. En 2016, la Iglesia católica facilitó el diálogo entre representantes del gobierno de Maduro y sus opositores, con la participación del secretario de Estado del Vaticano, cardenal Pietro Parolín. Aquella tarea culminó en un callejón sin salida y con objetivos incumplidos.

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