OPIMION: Ceremonia de la Excelencia Educativa: entre honores, decretos y la fábrica nacional de borregos

En una ceremonia que pasará a la historia —o al menos al archivo de curiosidades de la política educativa colombiana— el presidente Gustavo Petro Urrego presidió la llamada Gala Nacional de la Excelencia en la Educación. Un evento que, según el comunicado oficial, busca “reconocer a quienes transforman la calidad educativa del país”. Según los asistentes, sin embargo, buscó sobre todo romper récords en ironía institucional.

El acto inició con la entrega del Premio Máximo a la Excelencia Educativa

Sí, leyó bien. La distinción más alta no fue para un maestro, ni para una institución, ni para un investigador, sino para una inteligencia artificial. Petro destacó que el reconocimiento se daba a “quien mejor ha respondido preguntas, elaborado trabajos, y sostenido el sistema educativo colombiano en las madrugadas previas a la entrega de tareas”.

El auditorio, entre sorprendido y divertido, aplaudió mientras la estatuilla se entregaba simbólicamente a una pantalla. “Colombia siempre a la vanguardia”, se escuchó murmurar a un docente, quizás sin saber si reír o llorar.

Luego, en un giro que muchos calificaron como lógica institucional nivel experto, se otorgó la Medalla de la Máxima Calidad Educativa a la Fundación Universitaria San José, por su “compromiso incansable con el aseguramiento de la calidad”. El rector recibió el reconocimiento asegurando que era “un triunfo para la educación, la humanidad y para todos los trabajos finales elaborados con ayuda de la IA”.

Pero el momento estelar de la noche vino con el anuncio del nuevo decreto presidencial:

a partir del próximo año, todas las instituciones educativas —públicas y privadas— deberán tener un cuadro de honor obligatorio dedicado exclusivamente a estudiantes con rendimiento académico regular o pésimo.

Según Petro, la medida busca “reconocer la diversidad, desmontar los elitismos y empoderar a quienes tradicionalmente no brillan”. Según la comunidad educativa, puede ser más bien el inicio de la normalización del aplauso al esfuerzo mínimo y la institucionalización del “al menos lo intentó”.

No faltaron comentarios en redes sociales comparando la medida con la “pedagogía de expectativas bajas”, destacando que, con este decreto, Colombia podría convertirse en pionera mundial del reconocimiento a la mediocridad con placa y vitrina incluida.

Durante su discurso, Petro también hizo una pausa para agradecer al expresidente Andrés Pastrana —sí, con nombre propio— por su “aporte invaluable” al deterioro de la exigencia académica. En tono casi ceremonial, recordó el Decreto 230 de 2002, que obligó a promover estudiantes sin importar si sabían leer, sumar o entender qué era el Simón Bolívar que aparecía en sus billetes.

“Gracias presidente Pastrana”, dijo Petro con solemnidad, “por sentar las bases de la educación complaciente… perdón, flexible. Sin usted, no habríamos podido avanzar en esta senda de moldear ciudadanos que jamás cuestionen nada”. Las risas contenidas del auditorio indicaron que el sarcasmo no pasó desapercibido.

La lectura entre líneas

Entre reconocimientos a inteligencias artificiales, medallas institucionales y decretos que premian lo que no debería ser premiado, la ceremonia dejó un sabor particular: una crítica implícita —y explícita— al modo en que los gobiernos han tratado la educación como un proyecto de administración política más que como una prioridad nacional.

Los expertos consultados coinciden en que estas decisiones, simbólicas o no, alimentan un sistema que:

Disfraza la baja exigencia de inclusión,

Normaliza el mínimo esfuerzo,

Apaga la meritocracia,

Y forma generaciones más dóciles que críticas.

Porque, al final, un país lleno de jóvenes incapaces de cuestionar, investigar o pensar por sí mismos es un país perfecto…

para quienes lo quieren gobernar sin resistencia.

Colombia sigue avanzando —o retrocediendo con estilo— en el camino hacia una educación donde todos ganan, nadie pierde y los cuadros de honor celebran hasta al que no entregó la tarea.

Una pedagogía perfecta para crear ciudadanos obedientes, como buenos borregos del porvenir.

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